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En defensa de la Globalización y de los Estados Unidos
Fernando A. Iglesias

En el emergente universo de la globalización, los estados nacionales no pueden ya salvar al mundo, pero pueden perfectamente destruirlo. Las cifras son contundentes: 169 millones de seres humanos han muerto el siglo pasado debido a la violencia intencionalmente ejercida por estados nacionales y otros 33 millones han dejado sus huesos en guerras por ellos organizadas. La estadística no pertenece a alguna secta kantiana sino a la misma organización que nuclea a los responsables de la masacre: las Naciones Unidas[1]. Calculadora en mano, se trata de 5.534 seres humanos muertos todos y cada uno de los días del corto y sangriento siglo XX. Si me es permitido observarlo: muchas más víctimas diarias a lo largo de todo un siglo que los caídos en Irak desde el inicio de la guerra.

Ciego a esta dramática evidencia, convencido de que las naciones estado han sido creadas por Dios el octavo día y de que son capaces de gestionar democrática y pacíficamente un mundo globalizado, el zombie sentido común nacionalista de nuestra época continúa responsabilizando por las muertes en Irak a la Globalización y a los Estados Unidos, con el resultado dramático de salvar y preservar al verdadero responsable de la destrucción: el sistema político-institucional nacional/internacional basado en las naciones-estado.

Cuando las bombas caen sobre Bagdad, resulta fácil subirse a una mesa, vociferar contra la globalización, llamarla "imperialismo" y quemar una bandera norteamericana. Es, también, patéticamente injusto e inefectivo. Basta una somera comparación del último medio siglo de hegemonía estadounidense con el anterior medio siglo para descartar esta visión maniquea. Frente a las dos guerras mundiales, al genocidio judío y a los dos totalitarismos nacidos de un orden inter-nacional ni hegemónico ni estadounidense -y ante las alternativas concretas que ha ofrecido la historia (el nazismo alemán y el comunismo chino-soviético)- el predominio de un país democrático y avanzado como los Estados Unidos ha sido, con todos sus defectos y arbitrariedades, la mejor opción disponible dentro del orden nacional/inter-nacional.

Aún hoy, bajo esta vergonzosa y militarista administración republicana, la hegemonía estadounidense es débil y vacilante si comparada con su supremacía bélica, sin precedentes en la historia del mundo. Afortunadamente, el carácter democrático y crítico de la sociedad estadounidense sigue impidiendo a cualquiera de sus gobiernos utilizar indiscriminada e ilimitadamente el enorme poderío militar norteamericano, lo que podría provocar la destrucción de toda vida humana en Irak en pocas horas de bombardeo atómico.

La otra gran acusada de la hora parece ser la globalización, supuestamente responsable de todo crimen cometido hoy en el planeta. Nada más alejado de la realidad. Esta guerra ha sido promovida y desarrollada por gobiernos y aparatos militares nacionales, y si ello fue en defensa de intereses económicos, éstos no son globales sino fuertemente territorializados: las corporaciones petroleras norteamericanas -que conservan una hegemonía que los EEUU han perdido en otros ámbitos, gracias a la globalización- y el complejo militar-industrial estadounidense -que es típicamente dependiente de las ideas de  soberanía y seguridad nacionales. En cambio, se oponen a la guerra innumerables factores y agentes globales: una naciente opinión pública mundial sensibilizada por las imágenes de las redes televisivas globales, el movimiento social pacifista conectado por Internet y hasta los mercados de todo el mundo, que "votan" diariamente contra esta guerra, expresando la opinión de los operadores financieros de que empeorará globalmente la posibilidad de obtener ganancias.

Por otra parte, ningún interés económico parece ser suficiente para justificar por sí solo los enormes costos y riesgos de la operación bélica. Si algún factor es claro como motivación de esta guerra es la estrategia "nacionalista-galtierista" de Bush: ante el estruendoso fracaso de su gobierno, una guerra victoriosa constituye hoy la única vía factible para la reelección de una administración republicana.

Finalmente, la agresión norteamericana ha denunciado el carácter intrínsecamente elitario del orden nacional/inter-nacional. La absoluta mayoría de la humanidad estaba en contra de la guerra, millones se han movilizado planetariamente, las encuestas expresaban una fuerte oposición en los mismos estados que la impulsaban; pero la voluntad de un solo gobierno nacional ha sido capaz de imponerla unilateralmente sin que existieran instituciones de una democracia mundial avanzada que pudieran impedirlo. He aquí las consecuencias inevitables de una gestión inter-nacional del universo global, que lejos de oponerse a la hegemonía de los más poderosos tiende a reproducirla y aumentarla.

Por otra parte, los aproximadamente ochocientos mil seres humanos que murieron en la guerra entre Irán e Irak sin despertar el clamor del mundo tornan perfectamente racional el argumento sobre el que la administración Bush ha montado la toma de Bagdad. Pero si bien la abolición del armamento de destrucción masiva en manos de Saddam Hussein debe ser defendida en nombre de la protección de la vida del mismo pueblo iraquí, las intervenciones de otros estados resultan ilegítimas y contraproducentes por estar sujetas al inaceptable condicionamiento de los intereses nacionales.

Así, en un mundo global, la batalla por la democracia y por la paz alcanza necesariamente una escala global. Para cualquier intento viable de desarmar pacíficamente a Irak y a los Estados Unidos (el estado nacional que mayor cantidad de armas de destrucción masiva posee en el planeta), se requiere de un poder superior, mundial (y ya no inter-nacional), democrático y representativo, que por estar basado en la lógica democrática "un hombre-un voto" goce de legitimidad ante las grandes potencias. Me refiero a un Parlamento Mundial en el que las diferencias inter-nacionales puedan ser dirimidas pacíficamente y en el que la mayoría de los habitantes del planeta, que sobreviven en condiciones desesperantes en los países subdesarrollados, puedan defender políticamente sus Derechos Humanos.

Lamentablemente, esta guerra reforzará las peores tendencias contrarias al establecimiento de un orden democrático mundial: el tercermundismo aislacionista y "anti-imperialista" en las naciones atrasadas, el fundamentalismo terrorista en las islámicas, el militarismo en Israel, el anti-americanismo anti-modernista en todos lados. Aún peor: promoverá el debilitamiento de la unidad supranacional continental europea o, en su defecto, legitimará las peores tentaciones de construir un estado continental dotado de fuerzas armadas unificadas. Finalmente, se tornará por primera vez posible en Estados Unidos el nacimiento de una verdadera derecha proto-fascista a escala nacional similar a la existente en casi todos los países de Europa. Todas estas variantes nacionalistas y militaristas son fuente incontable de peligros y amenazas a la paz global y al bienestar de los ciudadanos del mundo.

Lo terrible de la situación imperante no depende del pretendido fascismo de Bush o del carácter barbárico del "imperialismo americano". Lo terrible es que en un mundo global basado en el máximo desarrollo tecnológico, aún las intervenciones de un líder conservador y nacionalista -pero de ningún modo fascista- y de un estado nacional democrático y avanzado tienen consecuencias destructivas de escala planetaria. En este contexto de destrucción y anarquía globales, la creación de instituciones democrático-representativas mundiales constituye la única vía racional hacia un mundo más pacífico y humano.

Fernando Iglesias es un escritor argentino especializado en los aspectos políticos de la globalización. Ha publicado dos libros sobre el tema: "República de la Tierra-Globalización: el fin de las Modernidades Nacionales" (Colihue-Buenos Aires) y "Twin Towers: el Colapso de los Estados Nacionales" (Bellaterra-Barcelona). Su trabajo "Collapse" fue seleccionado por Xlibris para" 9/11 Anthology-Unveiling the real terrorist mind", antología publicada en los Estados Unidos, con colaboraciones de Noam Chomsky, Howard Zinn y Michael Parenti, entre otros.

Sus actuales trabajos son "Globalizar la Democracia-Democratizar la Globalización" y "Ten Global Laws on Globalization" (inéditos). El artículo presentado ("En defensa de la Globalización y de los Estados Unidos") expresa las tesis centrales de un libro en proceso de redacción. Es también el director en Argentina de la "Campaña por una Democracia Mundial" que promueve la "World Citizen Foundation" de Nueva York.



[1] Informe 2002 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, página 87.
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